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by lenabriter

Era apenas una mujer recién convertida en busca de sus sueños cuando te encontré o me encontraste. No recuerdo como llegué a aquel bar donde las personas parecían beberse sus problemas y fumaban sus recuerdos. Había tenido un día malo aquel día en el trabajo que decidí renunciar a base de gritos y metáforas intentando explicar aquello  que quería realmente hacer de mi vida. Me desahogué tanto que al salir de aquel lugar suspiré y me di cuenta que probablemente había arruinado parte de mi vida ¿Lo había sido? Recuerdo que comencé a temblar y caminaba jadeante mientras el cielo se tornaba gris y me abracé a mi misma sintiéndome tan rota.

Encontré el bar en la esquina de un callejón en el cual nunca había pasado antes. Al entrar descubrí que tal vez no había sido mi día de las mejores decisiones, sin embargo aún con el corazón a punto de estallar decidí sentarme y pedí vino tinto. Tenía la costumbre en casa de poder beber de a poco aquel licor y conseguir que calmara mis nervios, algunas personas decían que era bueno, algunas personas decían que era malo. Aunque para ese punto de la vida me importaba un carajo lo que pensaran y decidí comenzar a vivir de la manera que al menos para mí me era correcta.

Yo aún con los labios rojos de haber sido mordidos por mis dientes todo ese tiempo, te acercaste a susurrarme unas palabras que no había entendido por el humo que de tu boca desprendía y me envolvió el rostro. Al mirar tus ojos el vacío se llenaba y a mis pulmones les faltó el aire. Presentí entonces que me iba a enamorar ¿Así? ¿Tan deprisa? ¿De un extraño? Las preguntas atacaron cada pensamiento y con el humo de tu boca parecían disiparse, nublarse, retirarse.

Me miraste a los ojos después de un rato y hablamos un poco, eras tan amable y te había sorprendido según a tu parecer, una mujer hermosa en aquel lugar de mala muerte. Yo sonreía como una tonta, no tenía otra expresión en el rostro más que creerme lo que me decías ya que no me lo habían mencionado antes, juraba a mi misma cada mañana al espejo que detrás de esos ojos había una soledad infinita que podrían ser opacados por algunos otros más alegres. Tal vez me había machacado el autoestima cada mañana y tú llegabas como agua revolviéndome el pelo y enseñándome de amor. Pasaron horas tal vez desde aquel encuentro y nuestras palabras fluían, las tuyas como río y las mías contra corriente. Te reías a momentos de mi ingenuidad y yo fruncía el ceño. Te pregunté el por qué habías decidido llegar a ese lugar y dijiste que lo concurrías porque te aliviaba el alma al estar solo y te permitían fumar dentro. Entonces sin darme cuenta tu misticismo me había llamado a besarte los labios bajo la lluvia al salir, nos despedíamos cordialmente cuando con sutil torpeza te abracé y di un beso rápido a tu boca sabor tabaco.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que sin pensarlo yacía bajo tu cuerpo en un danzante ritmo de calor, sudor y tu aliento. Nunca había imaginado que algo así pasaría y tú sonreíste triunfal y me besaste con ternura. En aquel momento supuse que algo dentro de mí sonaba, por un momento pensé que era una especie de alarma, de esa que te dice que estás enamorada, aunque tal vez desde ese momento mi corazón comenzaba a romperse. Probé mi primer cigarrillo a tu lado en la cama, tosí un par de veces y me pediste que no fumara, lo cual me parecía absurdo ya que tú lo hacías y negué con la cabeza: “Tal vez este humo me mate lentamente, pero lo disfruto, como disfruto de ti”

Quizás tus ojos brillaron o se asustaron por el comentario, no tenía idea ni quería averiguar las claras intenciones de tus sentimientos o pensamientos que se evaporaban con el humo que te exhalabas cada tanto. Nos hicimos cómplices del sol, de los árboles y de los días nublados. Con más frecuencia te apetecía acariciarme y yo me iba rompiendo con cada caricia tuya hasta que llegó el momento en el que me rendí a tu sonrisa, tu risa y tus ojos.

Caí tan rápido como si desde una pendiente se tratara y tus brazos amortiguaban mi caída sin darme cuenta hasta que llegó el día en el que decidiste dejar de mirar a mis ojos llenos de ti, con pupilas que reclamaban tu presencia cada cierto tiempo y con los labios entre abiertos siempre esperando tus besos. El momento de tu partida me quebró el esqueleto y el espíritu. Nunca supe las razones de tus actos y menos de tu desinterés que tan de repente se coló entre mi nuca y me estremecía. Desde aquel entonces decidí que no volvería a fumar porque sentía que el humo me recordaba a ti. Intenté vivir de la mejor manera enredando mis piernas con la almohada, con la mano pegada a la ventana y mis ojos clavados en la luna cada noche.

Si me preguntas ahora puede que haya tenido una vida realmente buena, con el tiempo conocí a otro hombre que me había hecho olvidarte y me casé contenta, tuve un par de hijos que con el tiempo crecieron pero que a su debido momento me habían llenado el hueco inexplicable que tenía en los pulmones ¿Acaso me faltaba el humo? ¿Acaso me faltabas tú? Mi esposo decidió separarse de mí con el tiempo y no lograba comprender si había algo realmente malo conmigo. El amor era como una ola de mar abierto que te sumergía con fuerza y te sacaba a flote, como un círculo vicioso lleno de ahogo-respiro que te daba. Lo acepté de igual manera como cuando fue tu partida. Ya sola en casa, tan rodeada de una calma decidí que el cigarrillo me iba a acompañar, que tú lo ibas a hacer.

Cuando cerraba los ojos y exhalaba el humo de tabaco recordaba el instante donde te habías acercado a susurrarme algo que ahora no recuerdo. Siento que te beso y que me acaricias el cuello y el aire pasa, se lleva el humo, te lleva a ti y vuelvo a comenzar. Mis hijos comenzaron a quejarse de que aquello me mataría lentamente, pero tú ya lo habías hecho desde hace tiempo, desde que probé tus labios en aquella esquina fuera del bar. Así que tal vez muriendo ya estaba e incluso desde el momento en el que me volví a enamorar y me casé, porque creí que en realidad el amor era como el tabaco, algo que simplemente te mata de una manera distinta pero que disfrutas por muy extraño que pareciera. Nunca me arrepentí de haberte besado y mucho menos de haberte amado, así como nunca presentí el momento de estar muriendo con cada inhalación de tabaco, porque al fin y al cabo ahí estabas tú.

Me hice el retrato con una cámara vieja con la que solíamos tomarnos fotos juntos. Quizá lo hice para sentirme hermosa como cuando tú me lo decías y que aquel cigarro te recordara de alguna forma lo que algún día habíamos sido, una lenta muerte llena de pasión descontrolada que disfrutamos de haber vivido.


Sobre la fotografía:

Autor: Juan Luis Jiménez, j_luis_jp@hotmail.com

Titulo: El Gustito

Web / Facebook

Descripción: En la sencillez de las cosas comunes siempre encuentro la grandeza de la realidad. Para mi es lo que refleja esta y varias de mis fotos, pero esta es mi favorita por la manera en que representa el gusto por las cosas que matan pero a la vez disfrutan, para mí eso es vivir.


¿Quieres que Lena Britter escriba de tu fotografía? Contáctala en lenabriter@revistavisor.com.mx

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About lenabriter
Creadora de historias y sonrisas, modelo ocasional de mis propias visiones. Adicta a los videojuegos. Mujer de viento y letras de mar.

1 Comment

  • Juan Luis
    11:04 PM - 1 agosto, 2016

    Wooowww! Lena, no me lo esperaba, que hermosa manera de adornar una fotografía. Muchas gracias, me encantaría poder retratarte en algún momento.

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“Detrás de la fotografía y el humo de tabaco” por Lena Briter