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Jazz

“Detrás de la fotografía y el jazz” por Lena Briter

Ella era música y yo la cámara vieja que llevaba todos los días en el bolsillo.

La primera vez que la vi, había sido una noche lluviosa donde el vino se le antojaba a mis ganas de estar solo. Recuerdo aquel instante como el más extraño de mi vida y por alguna razón, como si el lugar supiese de inmediato que algo extraordinario estaba a punto de suceder, me senté en alguna de las mesas vacías y pedí el que parecía, mi más honesto gusto a los vinos franceses del ’66.

Quién podría adivinar que cuando una voz melódica comenzó a cantar el más fino jazz me habría atrapado desde la primera vez que sus labios se abrieron para cantar. Y ahí fue que entre la mezcla de un olor a madera, vino tinto y sus ojos, comenzó la osadía de besarla todas las noches después del show.

Aprendí a percibir sus silencios y a interpretar sus miradas llenas de un misterio exquisito que siempre me gustaba evocar con el simple hecho de tocarme los labios. La amaba, por Dios que lo hacía, sin embargo tocarla era mero capricho de mi piel que se había ajustado a la suya tan perfecta, donde al final mirarla vestirse y regalarme una de esas miradas que sólo daba al cantar. Tal vez incitando a que la mires por siempre pero sin acercarte, como con miedo a ser lastimada, algo sutil que reflejaba en aquellos ojos negros difíciles de entender.

Y así, como el tonto afortunado que era, me había ganado una parte de su confianza que al momento de besarla, me cantaba sobre los labios con besos que eran notas de jazz y vino tinto.

Me embelesaba el etéreo perfume mezcla de jazmines y rosas que al momento en que su falda caía al suelo, todo en mí se convertía en una brisa que le acariciaba el cuerpo y juntos bailábamos al compás de un ritmo a paso lento.
Hubo una noche donde la miré vestirse antes de iniciar un evento. Era armoniosa la forma de ella al colocarse la ropa, como si estuviera acariciando y percibiendo cada poro de su cuerpo. Me acerqué despacio a sus espaldas y le hice una foto que, después de tantas noches infinitas me había costado poder hacerle. En ese instante ella me había mirado con una singularidad que nunca había hecho antes, así pues le dije que la amaba y ella se giró para terminar de acomodarse las ropas.

El silencio había reinado que incluso su perfume había muerto en el ambiente y ella tan cautelosamente se levantó y salió de la habitación. No sé cómo ni si habré sido un cobarde, que al mirarla cantar aquella noche comprendí, sin necesidad de palabras, que era momento de dejarla.

La conocí de una manera tan íntima y silenciosa que con el paso del tiempo entendí como leer su rostro, sus labios y sus ojos. Ella me había mirado ligeramente mientras cantaba y lo dijo todo: Vete, si puedes para siempre.
Temí comprender erróneamente pero sabía que ella era una de esas mujeres que son aves misteriosas que aparecen una vez en tu vida y desaparecen dejando solo alguna pluma postrada en tu ventana, cuando en invierno recuerdas haberle acariciado las alas en verano y al final eso es todo lo que tienes. Una fotografía y jazz sonando en el cuarto.


Autor: Javier Romero Cárdenas, galeriajavier@gmail.com

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<p>Creadora de historias y sonrisas, modelo ocasional de mis propias visiones. Adicta a los videojuegos.<br /> Mujer de viento y letras de mar.</p>