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Nikon Coolpix

by lenabriter

 

Nikon Coolpix L820 f/4.8 1/4s ISO 400 23mm 3.2 apertura sin edición

Nikon Coolpix L820
f/4.8
1/4s
ISO 400
23mm
3.2 apertura
Sin edición

 

Me encantaba la medianoche, a esa hora una luz tenue se encendía por las escaleras y permanecía así hasta el amanecer. Vivía en el último piso y la perspectiva que tenía desde ahí me hacía vibrar con una pasión inexplicable, desde los altos edificios y pequeñas casas al costado de donde vivía, donde ese cielo gris o azul surcaba en lapsos eternos mientras yo los contemplaba. Todo era tan tranquilo por ahí, los vecinos casi nunca hacían ruido, eran demasiado programados a sus deberes. Había días en las que asomaba mi cabeza sobre el barandal y observaba a todos ir y venir, subir y bajar con el sonido de los zapatos haciendo un ruido como “tic,tac” manecillas de reloj me parecían, máquinas confiscadas a continuar con su curso de vida y ver las horas pasar con cada paso que daban.
Me llamaban el loco del último piso, me encantaba el adjetivo aunque me pareció muy común y a veces pensaba en que debería ser algo más original. Con el tiempo me acostumbré a la idea de que los vecinos no me hablaran y yo bajaba para salir a comprar pan y café de la tiendita donde Martha me había robado el corazón y regalado 500 gramos más del café molido.

“—Es porque usted es bueno, no loco” decía.

Yo encantado como si la única persona que me conociera fuese ella, volvía con pasos calmados y una sonrisa, casi siempre flotando sobre mis pies como si llegar a mi departamento fuese llegar a la cima del cielo. Con tal parsimonia aún con la felicidad latiendo en el pecho, servía una taza de café con una cucharada y media de azúcar mientras olía el momento en el que el humo se extendía por mi nariz. Me era muy grata la compañía de mi taza caliente sobre las manos y Chopin inundando mi cuarto. La música salía por las ventanas y en respuesta el aire entraba revolviendo papeles y acariciando mi espalda. Me gustaba darle la vuelta a la silla y que la ciudad por la ventana quedara a mis espaldas mientras cerraba los ojos, me embriagaba de la candidez del lugar y escuchaba la música danzar. Ballade No.1 in G Minor era mi favorita. Mi abuela tenía la creencia que Chopin entraba a tu cuerpo y te quebraba los huesos y después con las notas bajas del piano te reconstruía. Era como un gusto extravagante y una definición extraña, pero era tan cierta que a veces lloraba mientras lo escuchaba y en ocasiones la felicidad me mareaba.
Pensé que la única falta de respeto que tuve a mis vecinos había sido el reproducir a Chopin cuando el reloj marcaba las doce de la noche, intentando que la melodía comenzara a la vez que la luz de aquellas escaleras se encendía. De ahí a que me llamaran loco, era como un ritual mágico donde me atravesaba la sensación de salir a observar las escaleras tan quietas, donde las personas ya no pisaban ni hacían sonido de reloj. Me quedaba inmóvil mientras suspiraba con la extraña paz de la música y la quietud del fondo de las escaleras. Cualquier otro podría embelesarse con un paisaje o mirando el mar, pero en mi cabeza realmente disfrutaba de encontrar lo bello en lo cotidiano. Tomé una fotografía de aquel momento una noche cualquiera. Yo estaba sonriendo porque cuando pedí revelar el rollo sólo permanecía esa foto, esperando por mí. Dijeron que iban a enviar la fotografía revelada al día siguiente. Había vuelto y sólo pase a mirar a Martha por el vidrio de la calle y ella cobraba un par de bolillos y sonreía, vaya que mujer, siempre sonriendo, siempre tan amable.
Al llegar al edificio viejo suspiré y subí las escaleras contemplando cada esquina, era extraño pero la única perspectiva hermosa de aquel lugar era desde el último piso, encantado como siempre de decirlo llegué a mi puerta y al abrirla dos balas cruzaron mi pecho y un ladrón salió corriendo. Al caer al suelo pensaba en Martha, en el café, en Chopin y las escaleras ¿Quién iba a apreciarlas por mí? ¿Quién contaría las historias que vi?
Al siguiente día las personas seguían impactadas ¿Por qué robarían al hombre del último piso? Quizá porque estaba solo, quizá porque a nadie le importaba, excepto a Martha, creo que lloró y fue la única que visitó esa tumba común que mis gastos funerarios habían podido cubrir. Creo que alguna vez entre sus llantos y susurros pausados la escuché murmurar que me quería, que era un buen hombre una vez más. Después no supe nada de ella, creo que se casó, creo que fue feliz. El departamento nunca nadie lo quiso rentar, con el tiempo los vecinos habían pensado en olvidar al pobre hombre que había sido asesinado en la puerta de su casa. Y algunos curiosos asomaban sus cabezas de vez en cuando hacia arriba y yo les sonreía aunque no pudieran verme. Personas se persignaban, otras preferían agachar la mirada. Chopin seguía sonando a media noche y nadie quiso siquiera decir unas palabras, se acostumbraron a mi mirada invisible y al sonido de la música que los arrullaba por las noches. Y aún sigo esperando a que se den un respiro para ver lo que yo veía, aún con la fotografía de las escaleras en mis manos, seguía deseando que tan solo se detuvieran a ver un poco más allá de lo que sus vidas cotidianas les impedía ver y ahora permanezco sentado a que la música con suerte, les abra un poco el corazón manchado de tic, tac.

 


 

La fotografía pertenece a Ana Dice, quiero agradecerle a ella por compartir su foto a Revista Visor y a mí por permitirme crear una historia detrás. Espero que el mensaje haya quedado claro y cualquiera de nosotros así como Ana, pueda disfrutar de las maravillas de lo cotidiano.

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About lenabriter
Creadora de historias y sonrisas, modelo ocasional de mis propias visiones. Adicta a los videojuegos. Mujer de viento y letras de mar.

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“Detrás de la fotografía y los fantasmas” por Lena Briter