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Diario de una fotógrafa: textos de Cristina Ortega.

Siempre he dicho que tener una cámara fotográfica es como tener una llave que abre todos los cerrojos sin importar la puerta. Bajo ese concepto viví y vivo la fotografía. Si no hubiera tenido una cámara fotográfica simplemente la siguiente historia no la hubiera vivido.

Comenzaban los primeros años del siglo XXI, justo cuando el asir del rollo fotográfico se desprendía de mis manos para empuñar lo digital; pero en ésta ocasión decidí vivir mi experiencia analógica. Cargar los rollos a color y blanco y negro en mi chaleco, los dos cuerpos de las cámaras, y una pequeña botella de agua que me permitía hablar con los bailarines después de tanto subir y bajar del paso de gato a los tres pisos bajo el escenario para conocer como es que se movía el piso y telón.

Había hecho un trabajo con diferentes escuelas de Bellas Artes, siempre me gustó el “Backstage”, el “Cómo se hace”, insisto, sin tener una cámara fotográfica no hubiera logrado tener esas experiencias. Ya con una pequeña trayectoria de algunas escuelas del Instituto Nacional de Bellas Artes, me aventuré a conocer lo que vive el bailarín de folklore nacional. Solicité los permisos necesarios, los tramites ya los conocía, el lenguaje siempre me falló un poco, pero presenté las cartas necesarias con las personas indicadas, las firmas y los sellos amaraban mi estadía en varias funciones los domingos por medio día; desde el ensayo hasta la presentación de Ballette.

Comencé por la puerta trasera, por donde entran los bailarines, coreógrafos, tramoyistas, iluminadores… Todos aquellos que están tras el telón. Firmé mi entrada como una desconocida, con los domingos consecuentes ya no era necesario, solo suficiente decir “Buenos días”.

Entrar por donde “nadie” entra; ¡Pero si entra un mundo por esa puerta!, el vestuario, la escenografía, equipo… Entre con mi cámara en el chaleco, siempre con las cartas necesarias por si eran requeridas aunque casi siempre lo eran, en un principio nadie te conoce, con el tiempo ese sentimiento no cambió.

Por experiencias pasadas y según lo que se me había enseñado era retratar ese momento único, el de contraste, el que comunica, el que sorprende, el que nadie tiene, era retratar todo por que nada conocía. Adentrarme, sentirme parte del lugar, quizás parte de los bailarines, como en todo, algunos amigables, otros antagónicos, es natural, la cámara no es amiga de todos mientras te caracterizas. Caminé por los pasillos, nunca olvidaré los letreros de las puertas: “Escenario”, “Camerinos”…

Retraté camerinos hasta donde me permitieron, me enseñaron que la cámara nunca debe ofender y si a ti te ofenden hacer caso omiso.

Los ensayos previos, los calentamientos, los estiramientos, brincos, bromas, recados, frases para mantener la sonrisa mientras se baila. Conocí a cada bailarín de acuerdo a las fotos que me permitían que les tomaran, pero solo hubo uno en especial. “El Venado”, su sobrenombre venía de que era el bailarín de la danza del El Venado de Sonora. No recuerdo su nombre, recuerdo su cuerpo, su olor, su fuerza, lo que decía, su amabilidad, un maestro en toda la extensión. – En ésta función hay niños- comentaba; -¿Cómo sabes?, le preguntaba, sus respuestas eran sabias –Por el bullicio del público sabemos quién está allá afuera, no los vemos hasta que prenden las luces, pero escuchamos el bullicio, sabemos si son extranjeros, si son niños, si son connacionales, si son de la tercera edad… cada público tiene su bullicio.

Tomé todas las fotos que pude, las que la emoción me permitía tomar, las que las condiciones de luz y mi retención de respiración rescataban de alguna imagen.

Cuánto colorido había, cuánto desgaste también, pero eso último no se veía, el exceso de luces y movimiento fijan la vista del espectador a distancia en otros puntos de interés visual. Pero yo estaba a un lado, tras las cortinas laterales del escenario, ahí, donde se alistan los próximos en salir, y los que llegan de un gran salto; uno debe conocer cada baile para no estorbar y saber en donde estar.

El piso vibraba con las bocinas a todo volumen dirigidas al público, que genial era escuchar lo que entre ellos se dicen para mantener esa sonrisa, esos chiflidos de quién vestía el traje típico, el piso también vibraba al ritmo del zapateado, entones comencé a escuchar el bullicio del publico, cada domingo aprendía una cosa más, esa vez identifiqué al público y fue asombroso.

Cuando uno ama lo que hace no llega el cansancio, excepto cuando había bajado tres pisos del escenario para conocer las poleas y cuerdas, y corriendo subía tres pisos como si fuera saltar la banqueta, con la misma velocidad subía cuatro pisos, la parte baja donde se me permitía estar en los pasos de gato. La indicación fue clara. “Solo puedes quedarte junto al telón a esa altura, y en cuanto se apaguen las luces no te muevas hasta que se vuelvan a prender”. No sabía porqué hasta que sucedió. ¡Que vista tan fantástica, estaba en la parte más cercana a la cúpula del Palacio de Bellas Artes de La Ciudad de México! En eso entraron los mariachis, no solo vibraba el piso, vibraba mi ser, el ícono musical entraba por mis oídos, Charros y Chinas Poblanas giraban coloridos ante mis ojos, disparé con todas las velocidades de mi cámara, congelados, barridos. Sabía que no debía recargarme de nada, por que simplemente en el lugar donde estaba no se veía nada y a diez centímetros de mí seguro era el vacío. Las emociones a flor de piel, silbidos, chiflidos, confeti, escuchaba sus bromas, escuchaba al público, veía los flashes cortos de las primeras filas de los espectadores; y yo seguía tomando fotos hipnotizada del momento, mi corazón estaba agitado, emocionada de estar donde pocos pueden estar, grabando cada segundo en mi mente de esa experiencia, por que mi cámara no podía retratar esa sensación. Se me fue todo “El Son de la Negra” en el baile, no estaba cansada, estaba emocionada. De pronto, terminó el número, se apagaron las luces, bajó el telón. Yo estaba en completa oscuridad, cerca de mi sentía que algo subía y bajaba, rechinaban cuerdas y poleas; de eso estaba rodeada, con el pie lo deslicé poco a poco para ver el ancho de la tabla que me sostenía, apenas y cubrían mis pies, más allá de mi zapato había vacío, entendí las indicaciones perfectamente. Pasé de emoción eufórica al miedo de caer y de un segundo a otro fue más lento explicarlo en lo que cambió el escenario y se prendieron las luces, ahora a todo volumen un Son Jarocho, otra vez, no pude respirar, la emoción era como una rueda de la fortuna. Ya con luz, baje los cuatro pisos, después los volvía a subir, y por qué no, te haces amiga del tramoyero y bajas más pisos para que te expliquen el movimiento del escenario, entonces no sé cuantas veces subí y baje.

Retraté con lágrimas de emoción, aguantando la risa, aguantando dolor, con cansancio, con entusiasmo, con todo aquello que implica tener el honor de ser una fotógrafa.

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